Ordenacion Sacerdotal: Emocion y Content

 “Que EMOCION, poder ver cómo a uno le hacen cura”, lo decía uno todo emocionado antes de comenzar la ceremonia, y lo coreaban muchos de los que acudieron a la ordenación de José Ferney en la iglesia de su pueblo San Isidro del Ariari, un pequeño y bello pueblo de los llanos orientales de Colombia en el departamento de El Meta, Colombia.

La emoción era fuerte y contagió a todos los participantes, aunque por diversos motivos. Fueron muchos los factores que contribuyeron para que esta celebración se pudiera celebrar. En primer lugar, el deseo de José de ser ordenado en su pueblo donde vive toda su familia. En segundo lugar, la disponibilidad y contento de Monseñor José Figuerora, Obispo de Granada a la que pertenece el pueblo de José. En tercer, la apertura y disposición del párroco, la plena conformidad de la familia de sangre de José y de la Familia de Mariannhill. Por último, hasta los fenómenos climatológicos fueron muy favorables.

En un ambiente sencillo, digno y solemne, con carácter familiar comenzó y se desarrolló la ceremonia de la ordenación que comenzó con puntualidad adecuada. La entrada procesional a la Iglesia, encabezada por los monaguillos, seguida por el que iba a ser ordenado acompañado por madre y hermana, y por los sacerdotes de la diócesis de Granada y de la Congregación de Mariannhill ,que precedían al señor Obispo, elevó el nivel emocional de la gente que llenaba el templo.

La ceremonia recuperó el ambiente de sencillez y cercanía cuando el Señor Obispo saludó a la gente de una forma tan sencilla que hizo sentirse a todos no solo como meros asistentes sino como activos participantes. En la homilía, el Obispo marcó muy claro lo significativo del sacerdote: ser un servidor fiel a Dios, humilde consigo mismo y generoso con todos los demás.

Estos rasgos la gente los fue entendiendo cuando José se postraba en el suelo para el canto de las letanías de los santos; el Obispo lo explicaba diciendo que para ser fiel a Dios hay que morir a uno mismo, para levantarnos luego dispuestos a morir por los demás y para ello suplicar la ayuda de todos los santos. Las lágrimas corrían por las mejillas de muchos mientas todos respondían a las aclamaciones de los santos con un fuerte “te rogamos, óyenos”.

La imposición de las manos sobre el ordenando, primero por el Obispo y después por los sacerdotes, elevaba aún más la emoción habiendo oído al Obispo decir que ese era el momento cumbre de la ordenación cuando José se convertía en sacerdote. El silencio de ese momento era tan profundo que, como alguien dijo después, se podía sentir la bajada del Espíritu Santo. La imposición de las vestiduras del nuevo sacerdote, la consagración de las manos, la entrega del cáliz y la patena, seguido del abrazo dado al nuevo sacerdote por el Obispo y demás sacerdotes, rompió la emoción de muchos en llanto y en contento de todos.

Al final de la ceremonia, José nos recordó, desde su sencillez y humildad, que si había llegado a este punto era porque haber creído en Dios y porque la gente de su familia, de su pueblo, sus formadores, y otros que le vieron crecer habían creído en él.

A todos ellos, quiso José agradecérselo con unas palabras; la emoción dificultó la pronunciación verbal de esas palabras, pero todos oyeron esas palabras que salían del corazón de José y respondieron con un fuerte y largo aplauso.

La gente aprendió no solo como “uno se hace cura”, sino que se dieron cuenta de que, sin saberlo, ellos también habían ayudado a José “a llegar a ser cura” y eso les lleno de CONTENTO y lo celebraron con mucha alegría.